En su pared izquierda, tres cortinillas de madera enrolladas te transportan a las ventanas clásicas de los balcones que dan Mediterráneo. Aroma a agua salada, paredes de cal, el indiscutible olor a gamba del paseo de Vilanova. Dentro de las ventanas, tras sus persianas enrolladas y atadas en cuerda en el dintel a modo rústico, no se contempla vida alguna, solo tres recortes de prensa. El press clipping de Cal Pachurri, lejos de parecer disruptivo —como en muchos de los casos en que esto sucede—, forma parte del todo del local y se integra en su pared blanca.
Frente a estas ventanas que emulan los apartamentos de primera línea de playa, un mosaico marino vertebra el resto del restaurante. A un lado, balcones imaginarios al Mediterráneo; al otro, un mural aguamarina lleno de peces hechos con una suerte de pixel art minimalista que desemboca en una gran ola marina al fondo del local. Todo parece pensado para que el comedor funcione como una prolongación del paseo marítimo que tiene justo delante.
Y no es de extrañar su orgullo por las veces que han salido en prensa ni su decoración marina. Frente a la playa de Ribes Rojes de Vilanova i la Geltrú, este negocio nació como un “chiringuito” de tapas del mar, pero ahora, como afirma su dueño, “le hemos dado una vuelta más de tuerca”. Algo que, probando sus platos, se nota. Esto no es un chiringuito de tapas. Cal Pachurri es algo más.
“El nombre de Cal Pachurri viene del nombre original del local. El establecimiento tiene más de 50 años y el antiguo propietario era Ramón Pachurri, la persona que abrió el primer local del paseo marítimo del Passeig del Carme de Vilanova, allá por 1975, si no recuerdo mal”, nos cuenta Eduard Agell, el propietario.
Pero la historia actual del negocio va mucho más allá que el clásico chiringuito de los años setenta. Agell tomó las riendas hace cinco años. Trabajaba como jefe de cocina en el Chiringuito Miramar desde 2012 y, en 2021, le surgió la oportunidad de abrir este local. “El tema era recuperar un poco el Pachurri original; un local emblemático del paseo marítimo donde, al principio, en 1976, venían a comer los primeros turistas. Por aquel entonces se hacía marisco cocido y tapeo de calidad; la idea era recuperar un poco ese origen, buscar ese concepto más de tapeo de paseo”.
El día acompaña: brisa suave y esa sensación que trae consigo el inicio de mayo donde las calles ya huelen a verano, pero todavía no abrasa el sol en la calle. Ese aroma sumado al sabor de los platos de Agell son un tándem perfecto. No obstante, hoy nos cocina Pepe Quintero, dueño de los fogones durante nuestra visita, que nos advierte con orgullo que está intentado incorporar “la cuchara a los mediodías del Pachurri. La cuchara permite productos que se intentan consolidar en otoño”.
Las tapas del Pachurri
Iniciamos con las tallarinas de este restaurante que son, en una palabra, producto. “Si un fin de semana no nos convencen, preferimos decir que no hay. Esa es nuestra filosofía. El 80% de las mesas piden nuestras tallarinas: lo justo de plancha, lo justo de aceite, ajito y limón”. No hace falta mucho más cuando se habla de kilómetro 0.
La ensaladilla se hace con huevos de Gallinas y Cobardes, provenientes de Madrid. Son bio y ecológicos, lo que le da un toque espectacular. La ensaladilla lleva ventresca de la gente de Piqué y su toquecito de piparra “para darle alegría”, ríe Quintero. Pocas cosas hay tan sencillas como una ensaladilla rusa. Es tan sencilla que ¿cuántas veces la has hecho en tu casa? Solo las probamos de tapa, en bares, de entrante o en restaurantes. Casi nunca es un plato. Aquí, lo es.
Después pasamos a los buñuelos de bacalao, uno de los mejores platos de Cal Pachurri sin dudarlo. A veces me pierdo tratando describir un plato. En este caso, solo diré que son, de lejos, los mejores buñuelos de bacalao que he probado en años. Tendréis que venir a comprobarlo.
Pasamos después a un montadito de confit de pato con rúcula, mayonesa de naranja y cebolla encurtida. Es una reinterpretación del pato a la naranja oriental que estamos acostumbrados a pedir en los restaurantes de comida china. No obstante, aquí, en este restaurante-chiringuito de Vilanova i la Geltrú, se convierte en un bocado muy mediterráneo, con contrastes acertadísimos y una salsita para chuparse los dedos.
Como último entrante, probamos uno de “los platos estrella de Cal Pachurri; casi todas las mesas lo quieren”: su tortilla vaga de patata y trufa, acompañada de unas llescas de pan de coca de cristal con tomate. Suena muy castizo, pero solo puede haber una cosa que mejore el plato español por excelencia, y es la trufa. Aquí, lo han conseguido.
Broche y cierre frente al mar
Tras los entrantes, los platos fuertes. Quintero nos deleita con un bacalao a baja temperatura con mongetes de Santa Pau y piparras encurtidas laminaditas —un elemento que parece casi imprescindible como decoración o punto umami y picantón en todos sus platos, alejándose del clásico cebollino decorativo—.
Por último, acabamos con un meloso rabo de toro y galta con parmentier de patata y una corteza de queso gruyere y Panko. El plato viene servido en una tarrina de porcelana con la costra de pan y queso que hay que romper con la cuchara para poder acceder al meloso interior de un guiso de ternera de toda la vida perfectamente ejecutado. Como cierre, en Cal Pachurri nos deleitan con postres caseros, como su tiramisú o sus trufas de chocolate, que son el cierre dulce recomendado que hace falta tras una comida frente al mar.
Después de haber probado su carta y su servicio, Agell comenta que la idea original era hacer arroces en el chiringuito, “pero, por las características del local y de la cocina, no fue posible”. Nos habla de su otro negocio, La Pepa, donde “sí que acabamos de redondear la idea original: tener el local de tapeo, que es el Pachurri, donde ya habéis visto lo que hacemos; y luego La Pepa, con algo de tapa, pero centrado sobre todo en arroces, pescados y carnes”. Pero no hace falta, Eduard: el Pachurri tiene la esencia, no necesita paellas.
Con el sol cayendo frente al paseo y el olor a sal entrando desde la playa de Ribes Roges, uno entiende que Cal Pachurri no intenta reinventar nada, sino recuperar una manera muy concreta de comer y de vivir el Mediterráneo. Producto, tapeo, sobremesa y mar. Sin artificios innecesarios ni discursos grandilocuentes. Solo platos bien ejecutados, un comedor que respira verano incluso en primavera y esa sensación cada vez más difícil de encontrar de estar comiendo en un sitio con alma propia.
Fotografía: Mario García