En el apabullante paseo marítimo de Barcelona, con el Mediterráneo de fondo y la clásica vista del hotel W, la arena y la calle llena de runners y buen rollo, Casa Costa se levanta como un remanso de decoración neovintage de un chiringuito de toda la vida. ¿Quién dijo que comer en la Barceloneta era de guiris? Ni idea, pero sin duda eso es porque no había encontrado este lugar. El nombre le viene al pelo, un local acogedor a orillas del mar, un local que hace hogar en la ciudad condal: Casa Costa.
Como nos cuenta uno de sus socios y se muestra en su vajilla, este negocio ha pertenecido siempre a la misma familia. Antes de la Ley de Costas —publicada allá por el año 1988—, los chiringuitos todavía tenían sus restaurantes en la arena. Era un clásico en cualquier ciudad costera, mucho más aún si hablamos de la puerta al Mediterráneo nacional: nuestra querida Barceloneta. Pero si eso parece cosa de historia antigua, ni hablamos de cuánto tiempo lleva sobre la playa de Sant Miquel el Casa Costa. Tanto es así, que a pesar de haber pertenecido siempre a la misma familia, el local ha conocido infinidad de nombres.
Carrer del Baluard, 124, Ciutat Vella
08003 Barcelona Barcelona
España
En su web se venden como “restaurante abierto todo el día en el corazón de la Barceloneta, justo en la playa más histórica y animada de Barcelona. Una nueva versión de este clásico restaurante familiar, ahora dirigido por su quinta generación. Siguiendo la tradición local y los orígenes del barrio, el marisco es nuestra especialidad, que combinamos con tapas seleccionadas, platos de temporada, una cuidada carta de vinos y cócteles, además de buena música y vistas únicas”. Yo diría mucho más que eso.
En 1942 se llamaba El Deporte; en 1962, Antigua Casa Costa; en 1983, por alguna extraña razón, pasó a llamrse La Pinxa; tema que siguió en 2004 cuando renovaron a Pinxo Platja. Ahora, Casa Costa vuelve a los orígenes de los años 60 con un sabor que no deja a nadie indiferente. Un sabor a mar, a restaurante que sabe a Barcelona.
A lo que sabe el mar de Barcelona
Sí, Casa Costa es un chiringuito. Pero no, no es la típica fritanguería al uso. Es un neochiringuito moderno, con platos que rezuman Mediterráneo, pero con el toque de cocina innovadora que tanto gusta ahora. Y no por ello estamos hablando de un lugar que sea más de Instagram que de paladar —que, de esos, sobran—. Es un espacio donde disfrutar de comida espectacular, producto de kilómetro 0 y todo el saborazo a mar.
Entre sus platos podemos disfrutar de unas croquetas de mejillón tigre con salicornia, un plato que nadie debería irse sin probar por su sabor umami y untuoso. Además, en pocos locales de Barcelona —juraría que en ninguno— sirven croquetas de mejillón tigre con salicornia, una tapa sorprendentemente moderna con toda la costumbre de una croqueta al uso.
Asimismo, las gambas de cristal con huevo en puntillita son el toque del mar que cualquiera busca en un chiringuito de playa elevado como este. Este plato es probar el Mediterráneo y la tradición. En algo tan simple y sencillo como exquisito. Un must que no falla nunca. Un plato que recuerda a los días de verano en Barcelona.
El carpaccio de gamba de cristal de Casa Costa viene con una emulsión de erizo de mar y una emulsión de alga codium. Su simple olor es pura esencia marítima, como todo en este restaurante. A pesar de las apariencias, el plato tiene toques dulces y salados al mismo tiempo. Una mezcla que solo puedes descubrir pidiéndolo y disfrutando de esta maravilla.
Pero si quieres verdaderamente saborear algo diferente, viajamos un poco a una fusión catalano-mexicana. En Casa Costa sirven un espectacular un pez limón en aguachile de jalapeño y pepino. El plato es un chapuzón en la playa en verano. Es aroma agazpachado —por el pepino—, pero un gazpacho nikkei por el uso del jalapeño. A su vez, el pez limón en este plato es extremadamente jugoso. El plato más refrescante y con más punch de toda la carta, sin lugar a duda. Sabe a algo conocido, pero no olvida la innovación. Lima, jalapeño, pez, limón, cítrico y fresco… un auténtico diez sobre diez.
El dulce a los pies del mar
En Casa Costa el final no es un trámite ni un gesto automático para cumplir expediente. Aquí el postre tiene sentido, peso y memoria. Empiezan fuerte con un pa amb xocolata i oli que funciona como declaración de intenciones: producto sencillo, bien tratado, sin reinterpretaciones innecesarias. Pan crujiente, chocolate de verdad y un aceite que aporta redondez y profundidad. Un bocado que conecta directamente con la infancia, pero servido con la dignidad que merece un clásico cuando se hace bien.
Y luego llega el flan. El flan de vainilla de Casa Costa no es un flan más: es de esos postres que obligan a cerrar los ojos y degustar de verdad. Textura sedosa, sabor impecable, dulzor y un equilibrio perfecto entre huevo, leche y vainilla. No necesita espuma, ni crumble, ni fuegos artificiales. Funciona porque está bien hecho, porque respeta la receta y porque cierra la comida con una sensación de hogar difícil de encontrar en plena primera línea de playa. Un postre honesto, de los que se recuerdan.
Un chiringuito que hace ciudad
Casa Costa no juega a reinventar la Barceloneta ni a disfrazarla de algo que no es. Hace justo lo contrario: la reivindica. Recupera la esencia del chiringuito familiar, la tradición marinera y el producto bien trabajado, y lo adapta a una Barcelona actual que sabe comer, que valora el detalle y que no se conforma con cualquier cosa frente al mar. Aquí no hay prisas, ni trampas para turistas, ni platos pensados para la foto. Hay cocina con criterio, memoria bien entendida y una ubicación privilegiada que, por una vez, no eclipsa lo que sucede en el plato.
Casa Costa es ese lugar al que vuelves sin necesidad de excusa. Porque se come bien, porque se está mejor y porque demuestra que, incluso en el paseo marítimo más transitado de la ciudad, todavía hay restaurantes que saben a Barcelona. La de siempre. La buena.
Fotografía: Mario García.