A pocos minutos de la Estació del Nord, entre las calles Martí y Vilafranca, se alza un discreto local con dos grandes ventanales bajo el nombre de La Martina. Tras los cristales, el ingeniero agrónomo y cocinero Àngel Moya y su socio, Joan Durán, cocinero con experiencia en el celebrado restaurante La Pubilla, ultiman los preparativos del servicio junto a su equipo.
Como cada día, esperan llenar el local, y no es de extrañar, pues se ha convertido en uno de los restaurantes en Gracia de más renombre. De hecho, es habitual toparse con una gran cantidad de clientes aglomerados en la puerta esperando conseguir una mesa.
La Martina de Gràcia abrió en 2020, cuando ambos socios decidieron embarcarse en su propio proyecto. Previamente, Moya y Duran habían regentado el bar de la asociación de Lluïsos de Gràcia. Fue allí donde empezaron a ganarse la confianza y el paladar de muchos vecinos que, años más tarde, los acompañarían también en esta nueva etapa.
De su pasión por la cocina y su vínculo con el barrio nació La Martina, un proyecto que, entre bromas, ambos definen como “su hija". Un apodo que no es casual, pues ambos son padres y saben bien lo que implica cuidar, acompañar y hacer crecer algo desde cero.
Desde sus inicios, La Martina se ha hecho un nombre entre los restaurantes en Gracia y ganarse el corazón de la clientela local. Y lo ha conseguido gracias a una fórmula cada vez más difícil de encontrar en la ciudad: cocina de calidad a precios razonables.
Carrer de Vilafranca, 21, Gràcia
08024 Barcelona Barcelona
España
Tradición reinterpretada
La propuesta culinaria de La Martina gira en torno al producto de proximidad y a la cocina popular. Por ello, algunas elaboraciones evolucionan según la temporada y los ingredientes disponibles. Su apuesta pasa por poner en valor la cocina de barrio, elevar la calidad del producto y aportar una mirada más personal y atrevida a las elaboraciones.
Todo ello se traduce en una carta con precios contenidos y una propuesta de mediodía que ronda los 18 euros. Esta cambia semanalmente y ofrece tres primeros, tres segundos y tres postres, además de una paella que puede pedirse en ración individual, un detalle poco habitual y muy de agradecer.
De la carta destacan propuestas elaboradas con productos típicos de la cocina catalana, como las anchoas de l’Escala, acompañadas de manteca de hierbas; las alubias de Santa Pau con sepia y butifarra negra o la esqueixada de bacalao con tomate asado y aceite ahumado.
Durante nuestra visita probamos algunas de las elaboraciones más representativas del restaurante. La primera en llegar fue la croqueta de rostit. Los amantes de este aperitivo la disfrutarán: crujiente por fuera, cremosa por dentro y con un sabor intenso y bien definido.
Entre conquistar con la técnica o por el equilibrio de los sabores, el tartar de atún con salsa de calabacín, albahaca y fresas consigue ambas cosas a la perfección. Aunque parte de ingredientes habituales en este tipo de elaboraciones, el equilibrio que consiguen con pescado marinado y la salsa aporta una frescura agradable y original en cada bocado.
En cada plato se denota la maestría y la paciencia para conseguir resultados precisos y la presentación impecable en cada uno de ellos, como en la caballa con ajoblanco y mayonesa de cítricos. Una mezcla de sabores delicados que aportan un interesante juego de contrastes.
Antes del apartado dulce, llegó uno de los platos más contundentes del menú y el que se llevó la medalla de oro de la experiencia. Hablamos del meloso de cordero con berenjena ahumada, yogur de oveja y patata paja. La carne hace honor a su nombre y se deshace con facilidad, mientras que el resto de los ingredientes aportan carácter y profundidad al conjunto. Todo un acierto.
Los postres siguen la misma filosofía de la casa: creatividad contenida y respeto por los sabores reconocibles. Junto a propuestas como las trufas de chocolate y praliné de avellanas o el cremoso de chocolate con mascarpone y café, probamos la crema de limón con merengue. Una mezcla dulce, fresca y equilibrada que se quiebra con una fina capa de azúcar, lo que aporta contraste a cada cucharada.
Atención al detalle
Si algo destaca tanto como la calidad y el detalle de los platos de La Martina de Gràcia es la atmósfera cercana que el servicio ha conseguido construir. “Buscamos el equilibrio entre proximidad y profesionalidad, pero sobre todo buscamos cuidar. Tanto a nosotros, como a nuestro equipo y a los clientes”, señalan los socios.
— ¿Tenéis ambición de conseguir algún reconocimiento gastronómico en el futuro?
A lo que ellos, tras una mirada cómplice acompañada de una sonrisa, respondieron:
— Para nosotros, el mayor premio es poder seguir sirviendo cada día y ver el local lleno.
La Martina es de esos lugares que vienen en la mente cuando alguien pregunta dónde comer en Gracia y a los que se regresa con la tranquilidad de saber que siempre comerás bien y como en casa. Sin embargo, conviene reservar con antelación, ya que el local cuenta con un aforo reducido y una clientela fiel que lo acompaña desde sus inicios. Pero quizá ese sea el mayor indicador de su éxito.