Hay lugares en Barcelona que trascienden la categoría de restaurante para convertirse en parte del patrimonio gastronómico local. La Venta es, indiscutiblemente, uno de ellos. Situado en la cima de la Avenida Tibidabo, justo donde el mítico Tramvia Blau completaba su ascenso y el asfalto empieza a fundirse con la sierra de Collserola, este establecimiento se convierte en un mirador privilegiado barcelonés.
Llegar hasta aquí es dejar atrás el ruido urbano para adentrarse entre las torres burguesas modernistas y ser recibido por una fachada icónica e imponente. Lo que nació hacia 1904 —aunque algunas crónicas sitúan su apertura en 1903— como el Café-Restaurant Viñas, una parada y fonda para refrescar a los carruajes que hacían la travesía hacia Sant Cugat, es hoy un templo del buen comer, con manteles blancos y un servicio de oficio, de esos que ya cuesta encontrar.
Plaça del Doctor Andreu, s/n, Sarrià-Sant Gervasi
08035 Barcelona Barcelona
España
Comedores con memoria y la ‘mesa de Cruyff’
La familia Vinyes —con los dos Lluís, padre e hijo, al mando— ha logrado que estos comedores centenarios tengan más vida que muchos locales de moda. Gran parte de ese aire fresco se debe a Javier Mariscal, que no solo ha sido cliente habitual, sino que dejó su sello ilustrando unas cartas que rompen, con mucho arte, la etiqueta clásica del lugar.
Es casi imposible hablar del establecimiento sin mencionar su vínculo con el Barça. Ronald Koeman ha frecuentado La Venta con asiduidad, pero la figura de Johan Cruyff es la que ha dejado una huella más profunda. Era tan habitual verlo disfrutando de la terraza o del comedor que muchos clientes, aún hoy, piden reservar 'la mesa de Cruyff'. La realidad, sin embargo, es que esa mesa no existe; el 'holandés volador' no tenía una fija, aunque su presencia constante acabó creando el mito.
Fidelidad al recetario catalán
Un restaurante no vive solo de vistas y leyendas. En los fogones manda el chef Raúl Esteban, encargado de resolver esa ecuación que ellos llaman “cocina tradicional y catalana” bajo un prisma actual. La filosofía es clara: respeto absoluto por el producto y una ejecución técnica impecable. El resultado es una minuta repleta de platos de raíz popular, pero vestidos con espíritu de alta cocina.
Entre los entrantes, las garoines (erizos de mar) gratinadas ostentan el título de plato más veterano de la carta, resistiendo el paso del tiempo por méritos propios. A su lado brilla la coca de hojaldre, de elaboración artesanal, coronada con una escalivada y anchoas de calidad.
Ya en los segundos, La Venta funciona como un santuario de platos que la modernidad mal entendida ha ido barriendo de los menús. En la sección marinera destaca su merluza a la romana con mayonesa: una propuesta honesta, sabrosa y sin artificios. Merece mención aparte el bacalao de Islandia con sofrito de tomate fresco, que mantiene el listón alto.
El territorio carnívoro no se queda atrás. Encontramos guisos de siempre como el fricandó de ternera o la infalible butifarra de Lleida a la brasa con judías del ganxet. La tradición se celebra los miércoles al mediodía con su menú de escudella i carn d’olla, una liturgia completa para mesas enteras que incluye postre y vino. Aunque si buscáis melosidad extrema, el premio se lo lleva el rabo de buey deshuesado: llega acompañado de foie y patatas al mortero, en una combinación sobresaliente que se deshace en la boca. Y para los indecisos, una gran noticia: existe la opción del menú tast, pensado para probar los platos más representativos sin tener que renunciar a nada.
Oda a los caracoles
En La Venta los caracoles se toman muy en serio: los sirven con la cáscara completa y ese toque inconfundible de ‘vi ranci’ que pide a gritos mojar pan. Para los amantes de este molusco, el arroz de caracoles resulta imprescindible, con un grano al punto y una potencia de sabor memorable.
Pero atención, porque aquí la afición se vive con verdadera intensidad: conscientes de la carga afectiva que genera este plato —y de que cuenta con seguidores incondicionales—, han constituido un círculo de apasionados para rendirle culto. La iniciativa, llamada ‘Caragolària’, es tan curiosa como apetecible: invitan a los clientes a formar parte de este grupo que se reúne, de vez en cuando, "alrededor de una buena cazuela". Este particular club tiene incluso su propio menú de referencia, un festín compuesto por caracoles a la gormanda, llonganissa de Lleida a la brasa con samfaina y la dulce torrada de Santa Teresa.
Postres clásicos y reservados con vistas
No os podéis marchar sin probar el biscuit glacé de naranja, un monumento a los postres de toda la vida elaborado a la manera del cocinero Francesc Fortí, quien les sirvió el suyo durante años. La crema catalana, el pastel de manzana y el soufflé caliente de chocolate Valrhona son otras interesantes tentaciones para poner el broche de oro a la comida. Alternativas ideales para alargar la sobremesa sin mirar el reloj, ya sea en sus terrazas climatizadas o en la intimidad de sus interiores.
Si optáis por la privacidad, la joya de la corona es La Saleta, un rincón de una belleza especial rodeado de históricas cartas manuscritas donde el tiempo parece detenerse. Una propuesta discreta y preciosa que contrasta con la espectacularidad del mirador privado del piso superior. Con capacidad para hasta 40 comensales, este espacio ofrece una impresionante panorámica de Barcelona que justifica, por sí sola, la visita.
Fotografía: Flaminia Pelazzi.