En septiembre de 2024, a escasos metros del estrellado Slow & Low (Sant Antoni, Barcelona), los chefs Francesc Beltri y Nicolás de la Vega levantaron la persiana de su hermano pequeño. Un proyecto que se ha convertido en el complemento perfecto de su casa matriz: el yin y el yang de una misma pasión culinaria.
Se trata del Bar Canyí, un nombre con mucha solera que han decidido catalanizar para dotarlo de una nueva intención. Aunque el término —ligado históricamente al pueblo gitano y a menudo utilizado con tintes despectivos— arrastra una herencia compleja, aquí se rescata por su fuerza y carisma. Para Francesc, es un homenaje a esa España del pasodoble de Manolo Escobar y, sobre todo, una declaración de amor a la cocina de barrio más genuina, revisitada con el conocimiento y la exigencia de la alta gastronomía actual.
Carrer de Sepúlveda, 107, Eixample
08015 Barcelona Barcelona
España
Tebeos, vinilos y ladrillo visto
El interiorismo del local destaca por la bóveda catalana y las paredes de obra vista, que conviven con recuerdos heredados y objetos personales de los dueños. “Cuando abrimos, nuestra economía no nos permitía adquirir elementos decorativos y aprovechamos lo que teníamos. Casi sin querer le dimos este aire característico”, explica Francesc.
Rodeado de ejemplares de tebeos y portadas de periódicos del siglo pasado, el tocadiscos define la identidad sonora y la personalidad del Canyí. Y es que en el bar la música deja de ser un hilo ambiental para convertirse en un elemento vertebrador de la experiencia. Francesc recupera su antigua faceta de DJ haciendo la selección de vinilos, un repertorio que refuerza el carácter del establecimiento al transitar desde la nostalgia de Radio Futura hasta lo mejor de Nirvana y Lou Reed. Porque lo que suena en el Canyí es tan deliberado como su propia carta.
Una tradición bien afinada
Este restaurante ha logrado una meta complicada: que los clásicos estén más vivos que nunca gracias a las técnicas modernas con las que preparan sus platos. Trabajan sin artificios, dando valor a los productos estacionales. Por eso, su despensa se despide estos días de los últimos guisantes del Maresme para ceder el protagonismo a los mejillones del Delta, que entran ahora, en mayo y junio, en su momento óptimo.
El festín puede empezar con su famosa ensaladilla rusa, con una gilda de manual o con la auténtica bomba de la Barceloneta. Toda una reivindicación de este bocado —tan difícil de encontrar bien hecho en la ciudad—, de punto equilibrado y relleno generoso que reconcilia al instante con los sabores de siempre. A este inicio se suman sus imprescindibles croquetas de rostit, de interior fundente y sabor concentrado, entre muchas otras delicias.
La maestría asoma también en la paciencia de sus vistosos escabeches, como el de bonito, sardina o codorniz. Elaboraciones cuidadas que reposan durante tres días hasta alcanzar una melosidad extrema. Y para quienes buscan un plato con más poso, los fideos a la cazuela con costilla y alcachofa son una apuesta segura: servidos al dente y con un fondo muy resultón, demuestran que el recetario popular no necesita filtros cuando se le dedica el mimo que requiere el chup-chup.
Otros imperdibles son el bocadillo de calamares y, por supuesto, la burger de rabo de vaca. Esta última es una herencia directa de Slow & Low que en el Canyí ha dado el estirón: si en el buque insignia se servía en versión mini, aquí adquiere unas proporciones mucho más contundentes. Un auténtico fenómeno que vuela de la cocina: “Hay meses en los que despachamos 800 unidades”, comenta Francesc.
El broche dulce del Canyí
Durante nuestra visita pudimos probar dos de sus postres: el milhojas de nata con fresas y un toque de Jerez, y el cruasán frito relleno de recuit de Fonteta, un queso fresco ampurdanés de textura cremosa. Dos opciones capaces de convencer incluso a los que aseguran no tener hueco para más.
Eso sí, para saborear este cierre, primero hay que asumir las reglas del juego. Fiel a ese espíritu de taberna, en la sala del Canyí no es posible reservar mesa —aunque disponen de un salón privado exclusivo en la parte superior para grupos de entre cuatro y ocho personas—. La gracia es precisamente esa: la espontaneidad de llegar, encontrar sitio y dejarse llevar por la pizarra de novedades.
Bar Canyí es, en definitiva, la democratización del talento de Slow & Low en formato barra. Una propuesta que devuelve a Sant Antoni su alma de barrio con platos elaborados con honestidad y oficio.
Fotografía: Flaminia Pelazzi.