En el kilómetro 672 de la N-2, donde el Maresme se abre al Mediterráneo, capta la atención desde el primer instante. Su estética, cuidada al máximo, lo convierte en uno de esos espacios que invitan a entrar casi sin pensarlo. Y una vez dentro, la sensación se confirma: aquí hay algo más que un restaurante, un lugar que entiende la gastronomía como una coreografía precisa entre el fuego, la técnica y el alma.
Detrás del proyecto está Manu Yebra, CEO del grupo Pura Brasa, que tras dejar atrás su era en Josper —la firma catalana referente en hornos de brasa, presente en cocinas profesionales de todo el mundo— decidió volcarse por completo en la restauración. De esa decisión nace Pura Brasa, un grupo consolidado con presencia en distintas ciudades de España y también en destinos internacionales como Bangkok o Singapur.
Rivolto forma parte de ese impulso por seguir creciendo y diversificando. Aquí, Yebra se adentra en la cocina italiana, un territorio versátil que permite moverse entre distintos formatos y momentos de consumo, sin perder identidad. El resultado, en su primer año de vida, es una propuesta bien definida, con carácter y ejecutada con una confianza que se respalda en la experiencia.
N-2, Km. 672
08398 Santa Susanna Barcelona
España
Un escenario que envuelve desde el primer instante
Rivolto no es solo un sitio donde se come bien; es un espacio que se experimenta. La decoración tiene presencia y una sofisticación muy bien entendida, con una paleta de tonos terrosos que aporta calidez y elegancia sin esfuerzo. Hay guiños constantes a la tradición italiana: objetos, texturas, pequeños detalles que dialogan con una estética contemporánea, dando lugar a un conjunto coherente, con identidad propia, que refuerza todo lo que ocurre en la mesa.
Los cuadros en blanco y negro introducen un aire ligeramente vintage que equilibra el conjunto, aportando personalidad sin caer en lo evidente. Todo está pensado para que el entorno no solo acompañe, sino que forme parte activa de la experiencia.
La terraza, abierta y con movimiento, conecta con el ritmo de Santa Susanna. En el interior, el ambiente se vuelve más envolvente, más cuidado, con esa sensación de lugar bien resuelto que invita a quedarse.
Detrás de esa sensación de fluidez hay algo esencial: el equipo. Rivolto funciona porque hay una estructura clara y un grupo humano que hace que todo encaje.
El proyecto se sostiene sobre un equipo bien articulado, donde cada pieza cumple su papel con claridad. Jordi Campos, director de operaciones del grupo Pura Brasa, se encarga de que todo funcione con coherencia. Fabián Viera, director de Rivolto, lleva la sala con maestría, logrando un servicio fluido y bien medido.
Y es ahí, cuando todo lo demás está en su sitio, donde la cocina toma el protagonismo.
La firma de Aleix Baños
En cocina, Aleix Baños imprime una personalidad clara. Su trayectoria, construida desde la práctica y el paso por cocinas exigentes, se traduce en una forma de trabajar segura, con criterio y una creatividad que se percibe sin necesidad de exageraciones.
Su cocina parte de lo reconocible, pero siempre introduce un matiz que la hace propia. Ajusta, afina, equilibra. Hay intención en cada plato, pero también naturalidad. Esto se aprecia en las croquetas de berenjena, con una textura especialmente cuidada, o en la pizza de la casa, donde ingredientes con carácter encajan con una armonía muy medida. También en las pastas, los arroces y otras elaboraciones, donde todo responde a una misma lógica: producto bien tratado y una ejecución precisa.
Para todos los momentos
Rivolto está pensado para distintos momentos y, sobre todo, para distintos presupuestos. El entorno, el nivel de detalle y la puesta en escena podrían hacer pensar en una experiencia reservada para ocasiones puntuales, pero basta abrir la carta para entender que la cosa va por otro camino.
Se puede venir en un plan informal, compartir pizzas y entrantes y salir con la sensación de haber comido muy bien sin que la cuenta pese. O explorar opciones más elaboradas, con platos que elevan la experiencia desde el producto y la técnica. Ambas opciones conviven con naturalidad.
La clave está en que no hay concesiones. Da igual el punto de partida: el nivel se mantiene. Y ahí está uno de sus grandes aciertos, en hacer que una experiencia que parece excepcional sea, en realidad, accesible y repetible.
Y cuando llega el momento dulce, Rivolto también está a la altura. Desde un gelato italiano servido al momento, con esa textura cremosa que marca la diferencia, hasta opciones más golosas como nata montada al instante con frutos rojos y salsa de chocolate.
La técnica forma parte del proyecto, pero no busca protagonismo. Se percibe en la regularidad, en las texturas y en la precisión con la que salen los platos. Las pizzas lo explican bien: masas trabajadas con tiempo, ligeras, con estructura y bien resueltas. Y luego están esos detalles que terminan de redondear la experiencia. Como una cerveza bien tirada, fría de verdad, servida como toca.
Lo que viene después
El proyecto se completa con un hostal boutique, concebido bajo la misma filosofía que el restaurante. Un alojamiento que mantiene el mismo nivel de cuidado, diseño y exigencia, pensado para quienes buscan algo más que un lugar donde dormir y desean prolongar la experiencia más allá de la mesa.
Además, Rivolto arranca desde primera hora del día con una propuesta de desayunos que sigue la misma línea: bocadillos elaborados con pan de coca artesanal, producto bien tratado y una ejecución coherente con el conjunto.
A punto de cumplir su primer año, el restaurante ya prepara nuevos pasos, como el servicio de delivery, ampliando su alcance sin perder lo que lo define.
Rivolto no pasa desapercibido. Forma parte de un grupo con trayectoria, con un sello reconocible y una reputación consolidada, y eso se refleja en cada detalle: en el espacio, en la cocina, en el servicio. La confluencia entre sabor, calidad, ambiente y atención construye una experiencia que deja huella desde la primera visita. Rivolto juega con esa expectativa inicial, la de un lugar que impresiona, para convertirla en algo mucho más valioso: un lugar al que siempre apetece regresar.