Bajo tierra en el centro de San Sebastián, donde érase una vez monjes se sentían a leer entre muros de piedra, hay un restaurante con una carta que te lleva por todo el mundo. Atea, que significa "puerta" en euskera, es una puerta gastronómica hacia el mundo…si es que lo puedes encontrar.
El restaurante está dentro del complejo Convent Garden, en la calle Easo: pasas por el patio, luego el hostal, y se sigue por un pasillo por el que la mayoría de la gente camina sin fijarse. Encontrarlo tiene algo de secreto compartido. Atea abrió el 21 de diciembre de 2025, en una sala que antes era la biblioteca del convento. Y aunque cuesta dar con él, merece la pena por su menú degustación con pasta hecha a mano diariamente y platos con toques de todo el mundo, una fusión del conocimiento y crianza de los dos cocineros, Juan Miguel Ovalle y Ray Ramírez.
Ovalle y Ramírez se conocieron haciendo nueve meses de prácticas en el restaurante Martín Berasategui, en Lasarte. Empezaron casi a la vez y terminaron el mismo día. Los dos estudiaron en el Instituto Argentino de Gastronomía, en Buenos Aires, sin haberse cruzado nunca allí, y ahora comparten responsabilidades en la cocina de Atea.
Dos menús, todo hecho a mano
Cenar en Atea merece la pena, y no solo por la comida, si no por la decoración. Es como sentarte en una casa señorial, con candelabros, sillas con clavos decorativos de latón y estanterías con libros antiguos.
No hay carta, sino dos opciones de menú degustación (uno corto por 50 €, y otro largo por 75 €). Empiezan como dios manda: con un pequeño chupito de consomé y una tartaleta. El menú puede cambiar, pero siempre hay un plato de pasta casera, que se hace cada día desde cero.
Cada plato combina influencias geográficas distintas, como el ragú de setas vegetariano, con espuma de patata, setas encurtidas y polvo de puerro. Actualmente, el paso de pasta son tres capelletis rellenos de calabaza, con una reducción de sidra, aceite del embutido italiano nduja y huacatay, que junta Italia y Perú en el mismo plato.
Ya hemos dicho que la pasta se hace a mano todos los días, según el número de reservas. No se congela nada. La mantequilla la hacen ellos. Los aceites también. "Todo lo que está en el plato está hecho acá, en estas cuatro paredes", comenta Ramírez, algo que destila un gran esfuerzo para una cocina de dos personas.
Cocinar desde otro sitio
El concepto del restaurante es cocina del mundo en el sentido más literal. "Aquí no hay nada muy concreto de España", dice Ovalle. Japón, Italia, Argentina, Perú y Colombia aparecen en los platos, y el producto sigue a la idea más que al código postal. La uva de mar de la tartaleta de gamba viene de Japón, a través de un proveedor que la trae directamente. El gambón es argentino. El solomillo es de Países Bajos.
Ramírez explica la lógica: San Sebastián ya tiene muchísimos sitios de cocina vasca, clásicos que se dedican a ello a veces desde hace generaciones. En vez de revisar ese recetario tradicional, han optado por cocinan lo que conocen por haberse movido, y dejan que el comensal encuentre las referencias por su cuenta. La gente pregunta a menudo de dónde son los cocineros por la variedad que se cuece.
Desde corvina con coliflor en texturas, beurre blanc y un punto de umeboshi al postre, panna cotta y después un bizcocho de almendras argentino con chocolate y una espuma fría de vainilla y haba tonka, los platos son sumamente globales.
El producto de temporada también marca el menú. Cuando hay buenos tomates, hay agua de tomate. Hay clientes que vuelven precisamente a por la tartaleta de gamba, así que casi siempre está en la carta. A veces la tartaleta es de remolacha en texturas, a veces de steak tartar. El consomé que abre la comida es caliente y reconfortante en invierno, y ligero y fresco en verano.
Cenar y luego bajar a la cripta
Atea abre de jueves a lunes: cena los jueves y lunes, comidas los domingos y ambos turnos viernes y sábados. El 31 de diciembre y el día de la Virgen hay menús especiales en los que se aprovecha para probar platos antes de darles sitio fijo.
Un puntazo que tiene Atea es que al lado está la Cripta. Es decir, después de una cena de fin de semana, tienes el plan casi hecho y puedes ir directamente allí, donde los DJs ponen música electrónica desde las doce hasta las cuatro y media. Lo mismo ocurre, aunque en otra frecuencia, si vas a comer, ya que el entorno cuenta con un patio agradable que se llena por la tarde con copas, música, exposiciones y, de vez en cuando, tatuajes.
Si le pides a Ramírez que describa Atea, en una frase, se salta la cocina por completo. Quiere la sensación sea como la de ir a comer a casa de un amigo, donde van saliendo platos y nadie está pendiente de las formas. "Cocinamos lo que nos gustaría comer", dice. Teniendo en cuenta que los dos se criaron en cocinas del otro lado del Atlántico y no han parado quietos, eso se traduce en un apetito tan universal como el que demuestran sus menús.