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El Bandarra
De Mercado.  El Bandarra.
Carrer de Can Brondo, 5, Palma.(Balears) Tel: 653 47 71 77

El Bandarra, compartir y gozar moviendo el bigote

Marta Simonet 25/02/2020

Es viernes, entro en la Calle Can Brondo haciendo ruido con los tacones bajos de mis botines marrones. Los adoquines me recuerdan que estoy en el epicentro, en el meollo de Palma, uno de los centros históricos más grandes de Europa. Dos pasos y, a la derecha, entro en El Bandarra. Una barra en forma de O estirada, coronada por un jardín verde —que me encandila—, lidera el local. Las paredes son de espejos. El suelo de cemento. A los lados, seis mesas altas de madera y taburetes. “Al principio pensamos en no poner taburetes para que estuviera todo el mundo de pie con los codos apoyados en las mesas disfrutando de mover el bigote”, me dice Jaime Colombás, uno de los socios. A mí me parece una sentencia: aquí se viene a gozar. 

El ruido de mis tacones mezclado con la música me acompaña hasta el final del local. La luz, cálida y agradable. Justo encima de mi mesa hay un mural de pared a pared donde están garabateados los socios de pequeños. Unos bandarras que parece que se han atrevido a hacer las cosas bien.

Yo pido agua, él una cerveza sin alcohol. Las mesas están llenas y la barra se va llenando. Personas con traje y con sudadera. Parejas, amigos, compañeros de trabajo y un grupo de chicas. Todo cabe alrededor de esta barra. Los de al lado se piden algo alzando la voz, como en un bar de los de toda la vida. Mientras tanto, yo voy mirando el menú. “Los viernes tenemos bogavante con huevos fritos y patatas como plato especial”, me comenta el camarero. Mis ojos le dan la respuesta y él apunta mi “sí, quiero” en su tableta. Nos pedimos otros platos para compartir, todo en el centro de la mesa para pinchar y cortar. Quiero probar lo que más se piden.

Ensaladilla bielorrusa

Nos traen el pan de cristal con tomate de ramillet restregado y, a partir de aquí, empiezan a llegar platos a la mesa creando un tetris precioso que haremos desaparecer sin pensar en formar líneas. La ensaladilla bielorrusa con alioli de anchoa —sin atún, sin aceitunas—, el soft taco de pollo desmenuzado con salsa de yogur y espuma de lima, la tosta de entrêcote de ternera, las croquetas de jamón rebozadas en panko, las minihamburguesas de porc negre y el redoble de tambores con el bogavante, huevos fritos y patatas. Me chupo los dedos, me limpio la boca con la servilleta y me quedo mirando a un grupo de chicas que están en la barra. Ríen y, con los restos de un taco y una tortilla de patatas desperdigados escuálidos por el plato, levantan la mano y le piden al camarero el plato de bogavante para compartir. Todavía paladeo y siento el regusto de las patatas especiadas y melosas en el paladar, la salsa de las croquetas, el picante del taco, el edamame de la ensaladilla. Me gustaría volver a empezar el plato con ellas, pero ya no me cabe.

Croquetas de jamón

Los de la mesa de al lado están hablando de los huevos a baja temperatura con jamón, por lo visto les han encantado. Voy a tener que volver para probarlos, porque el hueco que no me queda se lo he dejado al postre. “Las tartas las ha diseñado mi madre, son caserísimas”, me cuenta Jaime Colombás. Me pido, para probar, la tarta de naranja con helado de mandarina, la de de zanahoria con nueces, chocolate y helado de chocolate con brunch de Oreo y otra de queso con helado de ensaimada. Tre-men-das. Me levanto de la mesa pensando que las conversaciones aquí son tan protagonistas como la comida. La gente está a gusto. Son casi las cinco y aquí sigo. Tengo ganas de bailar.

Tarta de chocolate

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