¿Cómo comían realmente los vikingos y cuál es el legado de su dieta?
El patrón alimentario predominante en las poblaciones escandinavas durante la Era Vikinga (aproximadamente 800-1050 d.C.) fue el resultado de una estrecha adaptación al entorno, al clima y a la disponibilidad de recursos. Lejos de la imagen popular de grandes banquetes de carne e hidromiel, la cocina vikinga constituyó un sistema alimentario funcional, basado en alimentos locales, el aprovechamiento de recursos y el uso de técnicas de conservación ingeniosas para sobrevivir a largos inviernos y periodos de escasez.
¿En qué se basaba la dieta vikinga?
En la sociedad vikinga, los alimentos provenían de caza y recolección, agricultura, pesca y ganadería. Esta combinación proporcionaba una dieta variada y relativamente equilibrada para las condiciones de aquella época. ¿Qué tipo de alimentos incluía?
Carnes procedentes de ganadería (como cerdo, vaca y oveja) así como carnes de caza (ciervo, alce, etc.).
Huevos y lácteos como leche, mantequilla y productos fermentados.
Cereales y gachas. Parece ser que los cereales como la cebada, el centeno y la avena formaban parte de su alimentación. Con ellos se elaboraban panes densos, gachas y bebidas fermentadas como la cerveza.
Verduras como la col rizada y raíces como los nabos y las zanahorias. También se consumían hierbas silvestres recolectadas según la temporada.
Frutas y bayas silvestres como arándanos, moras y frambuesas. Se consumían frescas o conservadas mediante secado.
Pescados y mariscos, sobre todo en zonas costeras. Se consumían frescos cuando era posible y también curados (ahumado, en salazón, etc.).
Fermentados nórdicos como el skyr, un producto lácteo similar al yogur, y verduras fermentadas.
Hidromiel. Se trataba de una bebida obtenida mediante la fermentación de miel con agua y levaduras, tenía un importante valor cultural y simbólico.
Técnicas de conservación claves para la supervivencia
Para hacer frente a inviernos y largos viajes, los vikingos usaban técnicas de conservación altamente eficaces que permitían prolongar la vida útil de los productos:
Ahumado y salazón aplicados a pescados y carnes. La salazón consiste en cubrir los alimentos con sal para reducir su contenido de agua, lo cual dificulta el crecimiento de bacterias y otros microorganismos. Por otra parte, el ahumado es una técnica que expone a los alimentos al humo de ciertas maderas de forma que ayudaba a secarlos.
Secado de pescado, como el bacalao secado al aire durante semanas. En las condiciones de frío, viento y baja humedad ambiental, esta práctica reducía drásticamente el contenido de agua del pescado, impidiendo su deterioro.
Fermentación de lácteos, verduras y bebidas. Además de su función conservadora, la fermentación modificaba el sabor y la textura de alimentos y aporta beneficios digestivos.
Estas prácticas aseguraban la disponibilidad de proteínas y energía en épocas de escasez de alimentos frescos.
La estacionalidad como eje de la dieta
La estacionalidad marcaba la disponibilidad de alimentos. En primavera y verano se recolectaban bayas, hierbas y vegetales; durante el otoño se cosechaban cereales y se elaboraban productos en conserva para tener disponibles especialmente durante el invierno.
Este patrón refleja una adaptación natural a los ciclos climáticos, un enfoque que se reivindica hoy en día por sus beneficios en términos de sostenibilidad, económicos y de salud.
Legado e impacto nutricional
La dieta vikinga presenta varios puntos que coinciden con las recomendaciones nutricionales modernas sobre alimentación saludable: la prioridad de alimentos poco procesados, el consumo de vegetales y granos integrales, el alto aporte de pescado rico en ácidos grasos omega-3 y el uso de técnicas como la fermentación.
Inspirada en esta tradición surge la llamada dieta nórdica moderna, un patrón alimentario desarrollado por nutricionistas y chefs escandinavos durante las últimas décadas. Aunque no se trata de una reconstrucción histórica exacta de la alimentación vikinga, sí se basa en ingredientes y principios tradicionales: productos locales y de temporada, mínimamente procesados y con el protagonismo del pescado, los vegetales, las frutas y los granos enteros.
La evidencia científica respalda parte de este legado alimentario. En 2011, un estudio liderado por la Universidad de Copenhague y publicado en el Journal of Internal Medicine analizó a más de 57000 adultos daneses de entre 50 y 64 años y observó como una mayor adherencia a un patrón de dieta nórdica saludable se asociaba con una reducción significativa de la mortalidad total. Dicho patrón alimentario destaca por la ingesta de pescado, cereales integrales como centeno y avena, verduras de hoja verde, frutas y grasas de origen vegetal. Además, investigaciones posteriores mostraron que el seguimiento de este tipo de alimentación se relaciona con mejores niveles de glucosa y colesterol en sangre. Estos hallazgos refuerzan la idea de que una dieta basada en alimentos locales, poco procesados y ricos en fibra y grasas saludables, puede tener un impacto positivo tanto en la salud metabólica como cardiovascular a largo plazo.
A pesar de no plantearse como un plan para adelgazar, los principios de la dieta nórdica actual pueden ayudar a mantener un peso saludable y favorecer la salud general.
El interés por el pasado alimentario escandinavo también ha influido en la llamada cocina nórdica, un movimiento gastronómico contemporáneo que toma como referencia muchos de los principios heredados de la tradición vikinga: el uso de alimentos locales, el respeto por la estacionalidad, la revalorización de técnicas como la fermentación, el ahumado o el secado, y una relación más consciente con el entorno natural. La cocina nórdica busca reinterpretar la dieta de entonces desde una perspectiva cultural, sostenible y gastronómica, conectando el legado ancestral con la cocina actual.
En cualquier caso, conviene evitar interpretar la alimentación vikinga, así como su versión moderna como una nueva dieta que deba seguirse de forma literal. Las condiciones y estilo de vida de la Era Vikinga no tienen nada que ver con las actuales: el clima, la disponibilidad de alimentos, el nivel de actividad física diaria y las exigencias energéticas eran radicalmente distintas. Actualmente predomina el sedentarismo y un entorno alimentario muy distinto. Más que imitar su forma de alimentarse, el verdadero valor reside en rescatar los principios generales y adaptarlos de forma realista a nuestro contexto y necesidades actuales.