Comida del espacio: una historia de ciencia y gastronomía
Lo que comenzó como simples tubos de puré y pastillas energéticas se ha convertido en un fascinante campo en el que convergen la ciencia, la ingeniería y la gastronomía. Y es que alimentar a un astronauta no consiste solo en cubrir sus necesidades nutricionales, sino que implica garantizar seguridad, sabor, estabilidad y funcionalidad en un entorno extremo marcado por la microgravedad.
Así, a lo largo de las décadas, las agencias espaciales han desarrollado tecnologías innovadoras que van desde la liofilización hasta la impresión 3D de alimentos que no solo han transformado los menús para astronautas, sino que también acaban influyendo en la industria alimentaria terrestre.
Desde el transporte a la cocción: estas son las claves de la alimentación en un entorno hostil
Al no tener gravedad, acciones cotidianas como masticar, tragar o beber se pueden volver extremadamente complejas. Además, los sentidos del gusto y el olfato se modifican y se altera la distribución de los líquidos en el cuerpo. Por ello, los sabores y texturas deben también adaptarse a este contexto.
Además, por si fuera poco, la comida debe cumplir requisitos estrictos de seguridad: no puede desmenuzarse, desprender líquidos ni generar residuos flotantes. El control de migas, por ejemplo, es esencial, ya que una simple partícula suelta podría dañar equipos electrónicos o ser inhalada por la tripulación.
Así pues, ha sido gracias a la liofilización, un proceso que elimina el agua de los alimentos mediante congelación y sublimación, que han podido obtenerse productos ligeros, fáciles de almacenar y con una vida útil prolongada, capaces de conservar sabor y valor nutricional durante meses o incluso años. De esta forma, los astronautas pueden consumir frutas, verduras, platos preparados o incluso postres simplemente añadiendo agua. Por otra parte, la liofilización contribuye a la estabilidad microbiológica, un factor crítico en misiones de larga duración.
Por otra parte, aunque no se puede cocinar de forma convencional, muchos alimentos se preparan mediante calentado por convección, un sistema seguro y eficiente que permite consumir platos calientes sin riesgo de incendio. Este tipo de tecnología ha evolucionado para mejorar la textura y la experiencia sensorial, acercando cada vez más la comida espacial a la terrestre.
Pero más allá de cómo conseguir alimentos que puedan consumirse en espacios de microgravedad, otro reto al que deben enfrentarse las agencias espaciales es a su empaquetado. Mediante empaques herméticos evitan la contaminación, facilitan la manipulación y garantizan que los alimentos se mantengan seguros frente a bacterias y hongos. Por ello, cada producto se somete a controles exhaustivos que aseguran su estabilidad microbiológica. Una intoxicación alimentaria en órbita podría tener consecuencias graves, por lo que la selección de ingredientes y procesos de conservación debe ser extremadamente rigurosa.
Pero la gastronomía no son solo calorías y “macros”, ni la comida es solo “combustible”. Por ello, los menús diseñados para astronautas se deben tener en cuenta no solo el aporte calórico y nutricional, sino también el bienestar emocional. Comer es uno de los pocos placeres cotidianos, en la Tierra y en el espacio, y la monotonía podría afectar al estado de ánimo de la tripulación.
Por ello, se ofrecen menús variados, adaptados a preferencias culturales y personales, con sabores intensos que compensan la disminución del gusto en microgravedad. Desde platos tradicionales hasta opciones picantes, la comida se convierte en una herramienta clave para mantener la moral.
¿Y si el transporte falla? Cómo conseguir y fabricar comida en el espacio
Desde hace unos años, la impresión 3D de alimentos ha abierto la puerta a una alimentación personalizada en misiones largas. A partir de cartuchos con nutrientes básicos, es posible crear platos adaptados a las necesidades específicas de cada astronauta, optimizando recursos y reduciendo residuos.
Además, la hidroponía espacial permite cultivar plantas sin suelo, utilizando soluciones nutritivas y un control preciso del entorno. En la Estación Espacial Internacional ya se han realizado experimentos exitosos con lechugas y otras verduras.
Pero, sobre todo, más allá de aportar alimentos frescos, estos cultivos tienen un impacto psicológico positivo en los astronautas y representan un paso fundamental hacia la autosostenibilidad en el espacio.