Sorprende que, con la cantidad de recursos y talento dedicados a desarrollar y mejorar los procesos que sirven para producir productos buenos para comer (desde los tomates hasta los yogures de sabores, pasando por la cocina tradicional o creativa), se hayan estudiado tan poco los mecanismos que hacen que las cosas sean –o nos parezcan– buenas o, dicho de otro modo, nos gusten.